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Los hombres del yagé (1905)

Dicen los ingas, un pueblo indígena del Putumayo, que al principio no había luz. No había sonido ni había color. La tierra era oscura y el hombre andaba a tientas, errante y sin inteligencia. Un día, mientras buscaba que comer, tropezó con el bejuco del yagé y de un golpe lo partió en dos. La primera mitad la cogió la mujer, se la llevó a la boca y al morderla tuvo la menstruación.

La segunda, la probó el hombre y, entonces, el bejuco creció y creció hasta llegar al cielo y estrellarse contra la flor de Andaquí. De ese choque fecundo nacieron los primeros hombres del sol y bajaron a la tierra con tambores y flautas. Todos tocaban melodías diferentes que más tarde se transformaron en colores. En azules las melancólicas, en verdes las más serenas. En blancas las espirituales.

Al pisar el suelo, los hombres del sol se dispersaron llenando de luz todo lo que había a su alrededor. La música siguió sonando y de sus notas brotaron el entendimiento, la inteligencia y el lenguaje. Desde entonces, los ingas se entregan al yagé para invocar la razón y la iluminación divina.